Estoy sentado en mi habitación, que es el cuartel general de ruido de toda la casa. Oigo golpear todas las puertas; con su estrépito, sólo me libro de oír los pasos de quienes corren entre ellas; oigo incluso el golpe de la puerta del horno de la cocina. Mi padre abre brecha en las puertas de mi habitación y la cruza arrastrando su batín; en la estufa de la habitación vecina están rascando las cenizas; Valli pregunta a alguien indeterminado, a través del vestíbulo, gritando como si estuviera en una calle de París, si ya han limpiado el sombrero de papá; un siseo que está a punto de resultarme amistoso, suscita el griterío de una vos que le replica. Descorren el cerrojo de la puerta principal y su chillido parece salir de una garganta acatarrada; luego se sigue abriendo la puerta con el breve canto de una voz femenina y se vuelve a cerrar con un sordo arrebato masculino, que resulta de lo más desconsiderado. El padre ha salido, y ahora se inicia el sonido más suave, más disperso, más desesperante, presidido por las voces de dos canarios. Ya lo había oído antes pero, al oír el canto de los canarios, se me vuelve a ocurrir que podría abrir la puerta dejando únicamente una pequeña rendija, arrastrarme como una serpiente a la habitación de al lado y así, desde el suelo, pedirles a mis hermanas y a su institutriz, que se callen.
Diarios, 5 de Noviembre de 1911
Franz Kafka