Chris Marker, Sans Soleil, 1983.
Cartas de Sandor Krasna
Sans Soleil
“L’éloignement des pays répare en quelque sorte la trop grande proximité des temps.”
Racine-Seconde préface à Bajazet
La primer imagen de la que me habló fue la de tres niños en una carretera, en Islandia, en 1965. Me dijo que para él era la imagen de la felicidad, y que había intentado muchas veces asociarla con otras imágenes pero nunca lo había logrado. Me escribió: “Tendré que ponerla sola, al principio de una película, con un largo trozo de cinta negra. Si no se ve la felicidad en la imagen, al menos se verá el negro”.
Me escribió: “Regreso de Hokkaido, la isla del norte. Los japoneses ricos y con prisa cogen el avión, los otros el ferry. La espera, la inmovilidad, el sueño fraccionado, curiosamente todo eso me lleva a una guerra pasada o futura, trenes nocturnos, alarmas, refugios atómicos, pequeños fragmentos de guerra contenidos en la vida cotidiana”. Le gustaba la fragilidad de esos movimientos suspendidos, esos recuerdos que sólo sirvieron para dejar nada más que recuerdos. Escribió: “Después de viajar por el mundo, sólo me interesa la banalidad. Durante este viaje la he acorralado con la perseverancia de un caza recompensas. Al alba estaremos en Tokio”.
Me escribió desde África. Comparaba el tiempo africano con el europeo y también con el asiático. Decía que en el siglo XIX la humanidad había ajustado cuentas con el espacio y que el objetivo del siglo XX era la coexistencia de los tiempos. “Por cierto, sabíais que hay emús en Île de France?”
Me escribió que en las islas Bijagos son las muchachas las que escogen a su prometido.
Me escribió que en las afueras de Tokio hay un templo dedicado a los gatos. “Me gustaría poder mostraros la simplicidad y la falta de afectación en esa pareja que ha venido al cementerio de gatos a dejar una tablilla de madera con inscripciones. Así su gata Tora estará protegida. No, no estaba muerta, sólo se había escapado, pero cuando muriera nadie sabría cómo rezar por ella, cómo interceder para que la muerte la llamara por su verdadero nombre. Tenían que ir los dos, bajo la lluvia, para llevar a cabo el ritual que repararía, en el lugar de la rotura, el tejido del tiempo”.
Me escribió: “Siempre me he preguntado cuál es la función del recuerdo, que no es lo contrario del olvido, sino su reverso. No nos acordamos, reescribimos la memoria igual que reescribimos la historia. ¿Cómo acordarse de la sed?”.
No quería insistir en el espectáculo de la miseria pero de todo lo que quería mostrar de Japón también estaban los marginados de la sociedad. “Todo un mundo de vagabundos, de lúmpenes, de parias, de coreanos. Sin dinero para droga, se emborrachan de cerveza y de leche fermentada. Esta mañana, en Nimidabashi, a veinte minutos del lujo del centro, un tipo se vengaba de la sociedad dirigiendo la circulación en un cruce. El lujo para ellos sería una de las enormes botellas de sake que se derraman sobre las tumbas el día de los muertos. He pagado la ronda en el bar de Nimidabashi, ese lugar permite la igualdad de miradas. El umbral debajo del cual todo hombre vale lo mismo, y lo sabe”.
Me habló del embarcadero de Fogo, en Cavo Verde, “¿Cuánto hace que están ahí, esperando un barco? Pacientes como piedras, pero preparados para embarcar. Es un pueblo de errantes, de navegantes, de trotamundos. Se han creado del mestizaje en esas rocas donde los portugueses tenían la estación de clasificación para sus colonias. Pueblo de la nada, pueblo del vacío, pueblo vertical. Sinceramente ¿se ha inventado algo más absurdo que decir a la gente, tal y como hacen en las escuelas de cine, que no miren a la cámara?”.
Me escribió: “El Sahel no es sólo lo que se ve cuando es demasiado tarde. Es una tierra en la que la sequía se filtra como el agua en un barco que se hunde. Los animales resucitados en el carnaval de Bissau los encontraremos petrificados en cuanto un nuevo asalto transforme la sabana en desierto. Es el estado de supervivencia que los países ricos han olvidado, a excepción de uno, lo habéis adivinado: Japón. Mi constante ir y venir no es una búsqueda de contrastes, es un viaje a los dos polos más opuestos de la supervivencia”.
Me habló de Sei Shonagon, dama de honor de la princesa Sadako a principios del siglo XI en el período de Heian. “¿Sabemos alguna vez dónde se hace la historia? Los dirigentes dirigían y se enfrentaban con complicadas estrategias. El verdadero poder lo poseía una familia de regentes por herencia; la corte del emperador no era más que un lugar de intrigas y de acertijos. Y ese pequeño grupo de ociosos ha dejado en la sensibilidad japonesa una huella más profunda que todas las imprecaciones de la clase política al aprender a extraer de la observación de las cosas más simples una especie de consuelo melancólico. Shonagon tenía la obsesión de hacer listas, listas de “cosas elegantes”, de “cosas molestas” o también de “cosas que no vale la pena hacer”. Un día tuvo la idea de escribir la lista de “cosas que hacen latir el corazón”. No es un mal criterio, me doy cuenta cuando filmo. Aplaudo el milagro económico, pero lo que quiero mostraros son las fiestas de los barrios”.
Me escribió: “Entro por la costa de Chiba. Pienso en la lista de Shonagon, en todas esas cosas que bastaría con nombrar para que latiera el corazón. Con sólo nombrarlas. En nuestro país, el sol no es sol si no está resplandeciente o un manantial no lo es si no está límpido. Aquí, poner adjetivos sería tan maleducado como regalar objetos con la etiqueta del precio. La poesía japonesa no califica. Hay una manera de decir barco, roca, bruma, rana, cuervo, granizo, garza y crisantemo que las contiene todas. Estos días la prensa sólo habla de un hombre de Nagoya, la mujer que amaba murió el año pasado y él se sumergió en el trabajo a la japonesa, como un loco. Al parecer, hizo un gran descubrimiento en electrónica. Y luego, en el mes de mayo, se suicidó. Hay quién dice que no pudo soportar oír la palabra ’primavera’”.
Me describió su reencuentro con Tokio. “Como un gato que regresa a su cesta tras unas vacaciones y se pone a inspeccionar sus lugares familiares.” Corrió a ver si todo estaba en su sitio, la lechuza de Ginza, la locomotora de Shimbashi, el templo del zorro de los grandes almacenes Mitsukoshi que encontró invadido por niñas y cantantes de rock. Le dijeron que ahora eran las niñas las que creaban y destruían a las estrellas y que los productores temblaban ante ellas. Le contaron que una mujer desfigurada se quitaba su máscara ante los transeúntes y los arañaban si no la encontraban bella. Todo le interesaba. Él, que no se había inmutado ante un gol de Platini, o un acierto en una apuesta triple, preguntaba apasionado el resultado de Chiyonofuji en el último torneo de sumo. Preguntaba por las últimas noticias de la familia imperial, del príncipe heredero o del gángster más viejo de Tokio, que aparecía a menudo por la televisión para enseñar la bondad a los niños. Todas esas simples alegrías de retorno al país, al hogar, a la casa familiar, que él ignoraba, doce millones de habitantes anónimos se las podían ofrecer.
Me escribió: “Tokio es una ciudad recorrida por trenes, cosida por cables eléctricos, que muestra sus venas. Dicen que la televisión vuelve analfabeto a sus habitantes. Yo nunca he visto a tanta gente leer en la calle. Quizá sólo lean en la calle o finjan leer, estos amarillos… Visito Kinokuniya, la librería de Shinjuku. El genio gráfico que permitió a los japoneses inventar el cinemascope diez siglos antes que el cine compensa la triste suerte de las heroínas de los cómics, víctimas de guionistas sin corazón y de una censura castradora. A veces se escapan y las encontramos en las paredes. Toda la ciudad es un cómic. Es el planeta Mongo. ¿Cómo no se puede reconocer todas estas estatuas que van del barroco plastificado a la lascivia estalinista? Y el peso de las miradas de esos rostros gigantes, porque los voyeurs de las imágenes son, al mismo tiempo, vistos por imágenes más grandes que ellos. Cuando se acerca la noche, la megalópolis se divide en pueblos. Con sus cementerios rurales a la sombra de los bancos y sus estaciones y sus templos, cada barrio de Tokio se convierte en una pequeña aldea ingenua y limpia que se esconde entre las patas de los rascacielos”.
El pequeño bar de Shinjuku le recordaba esa flauta india cuyo sonido sólo percibe el que la toca. Habría podido exclamar, como en Godard o en Shakespeare, “¿Pero de dónde viene esa música?”. Más tarde me contó que había cenado en el restaurante de Nishi-Nippori donde el señor Yamada practica el difícil arte del action cooking. Me dijo que, observando atentamente los gestos del señor Yamada y su forma de mezclar los ingredientes, se podía meditar sobre los conceptos fundamentales comunes a la pintura, la filosofía y las artes marciales. Aseguraba que el señor Yamada poseía, a su humilde manera, la esencia del estilo y que, por consiguiente, dependía de él añadir al primer día en Tokio, con su pincel invisible, la palabra “fin”.
“He pasado el día delante de la tele, caja de recuerdos. He estado en Nara en compañía de los ciervos sagrados y he hecho una foto sin saber que en el siglo XV Basho escribió “El sauce contempla al revés la imagen de la garza”. El anuncio publicitario tiene también cierto aire de haikai, para un ojo habituado, en ese aspecto, a las infamias occidentales. No comprender nada lo hace más divertido. Por un momento, tuve la impresión un poco alucinatoria de entender el japonés, como el señor Fenouillard, pero era un programa cultural de la NHK sobre Gérard de Nerval. El recuerdo de Jean-Jacques Rousseau, el simple y emotivo monumento de piedra, protegido por grandes árboles.
8:40, Camboya. De Rousseau a los jemeres rojos, ¿coincidencia o sentido de la historia? En “Apocalypse Now” Brando pronuncia algunas frases contundentes e incomunicables: “El horror tiene un nombre y un rostro. Hay que hacer del horror un aliado”. Para exorcizar el horror con un nombre y un rostro hay que darle otro nombre y otro rostro. Las películas de terror japonesas tienen la belleza furtiva de algunos cadáveres. A veces uno se queda aturdido por tanta crueldad y busca su origen en la larga familiaridad de los pueblos de Asia con el sufrimiento que exige adornar hasta el dolor. Y luego llega la recompensa. Sobre la derrota de los monstruos se alza Natsume Masako. La belleza absoluta también tiene un nombre y un rostro. Pero cuanto más vemos la televisión japonesa, más tenemos la sensación de ser observados por ella.
Que la función mágica del ojo es el centro de todas las cosas también lo demuestran los telediarios. Estamos en época de elecciones, los candidatos vencedores pintan de negro el ojo vacío de Daruma, el espíritu de la buena suerte. Los candidatos perdedores se llevan, dignos y frustrados, su Daruma tuerto. Las imágenes más indescifrables son las de Europa. Veo las imágenes de una película cuya banda sonora llegará después. Para lo de Polonia, necesité seis meses. En cambio, no hay ningún problema con los terremotos locales, pero he de decir que el de anoche me ha ayudado a delimitar el problema. La poesía nace de la inseguridad. Judíos errantes, japoneses temblantes. Vivir sobre una alfombra que una naturaleza bromista siempre está dispuesta a quitarles, los ha acostumbrado a evolucionar en un mundo de apariencias frágiles, fugaces, revocables, de trenes que vuelan de planeta en planeta, de samuráis que luchan en un pasado inmutable. Eso se llama: la impermanencia de las cosas. He visto la televisión hasta llegar a los programas para adultos. La misma hipocresía de los cómics, pero es una hipocresía codificada. La censura no es la mutilación del espectáculo, sino el espectáculo. El código es el mensaje. Designa lo absoluto escondiéndolo, es lo que siempre han hecho las religiones. Ese año, un nuevo rostro apareció entre los grandes rostros que adornan las calles de Tokio, el del Papa. Tesoros que nunca habían abandonado el Vaticano fueron expuestos en el séptimo piso del los grandes almacenes Sogo. Me escribió: “La curiosidad, sin duda, y como un destello de espionaje industrial en el ojo. Los imagino sacando dentro de dos años una versión menos costosa y más eficiente del catolicismo. Pero también la fascinación por lo sagrado, incluso si lo es para otros. Entonces, ¿para cuándo la exposición de los objetos sagrados japoneses en el tercer piso de El Corte Inglés, tal y como se pueden ver en Jozanskei en la isla de Hokkaido? Uno sonríe en ese lugar que es a la vez un museo, un sex shop. De Japón admiramos que las paredes entre reinos sean tan delgadas que en el mismo movimiento se pueda contemplar una escultura, comprar una muñeca inchable, y ofrecer a la diosa de la fecundidad el pequeño donativo que siempre acompaña a sus representaciones. Representaciones cuya franqueza haría incomprensibles las estratagemas de la televisión si no dijera a la vez que un sexo sólo es visible si está separado de un cuerpo. Queremos creer en un mundo ante el pecado, inaccesible a las complicaciones de un puritanismo cuyo simulacro le fue impuesto por la ocupación americana, en el cual la gente se reúne riendo alrededor de la fuente votiva y la mujer que la roza con un gesto amistoso participan de la misma inocencia cósmica. La segunda parte del museo con sus parejas de animales disecados sería el paraíso terrenal que siempre hemos soñado. Aunque quizá no sea así. La inocencia animal puede ser un ardid para esquivar la censura, puede ser también el espejo de una reconciliación imposible e, incluso, sin pecado original, ese paraíso terrenal puede ser un paraíso perdido. Bajo el esplendor de los graciosos animales de Jozankei leo la fisura esencial de la sociedad japonesa, la que separa a los hombrees de las mujeres. En la vida, parece que sólo se manifiesta de dos formas el crimen sanguinario, o una discreta melancolía, parecida a la de Shonagon, que lo japoneses designan con una sola palabra, que es intraducible. Así que ese descenso del hombre hasta el nivel de la bestia contra el que despotrican los padres de la iglesia se convierte en el desafío animal a la “impresión dolorosa de las cosas”, a una melancolía cuyo color puedo mostraros copiando estas líneas de Samura Koichi, “¿Quién ha dicho que el tiempo cura todas las heridas? Sería mejor decir que el tiempo lo cura todo, salvo las heridas. Con el tiempo, la llaga de la separación pierde sus límites reales. Con el tiempo, el cuerpo deseado ya no lo será más y si el cuerpo que desea ha dejado de existir para el otro, lo que queda es una llaga sin cuerpo”.
Me escribió que el secreto japonés, esa “impresión dolorosa de las cosas” tal y como lo denominó Lévi-Strauss, suponía la facultad de comulgar con las cosas, de entrar entre ellas, de ser ellas por un instante. Era normal que a su vez fueran como nosotros perecederas e inmortales. Me escribió: “El animismo es un concepto familiar en África, rara vez se aplica en Japón. ¿Cómo llamar entonces a esa difusa creencia según la cual cualquier fragmento de la creación tiene su equivalente invisible? Cuando se construye una fábrica o un rascacielos se apacigua al dios propietario del terreno con una ceremonia. Hay una ceremonia para los pinceles, para los ábacos y también para las agujas oxidadas. Hay una el 25 de septiembre para el descanso del alma de las muñecas rotas. Las muñecas se acumulan en el templo de Kiyomizu, dedicado a Kannon, la diosa de la compasión, y se queman en público. He observado a los participantes. Pienso que los que vieron irse a los kamikazes tenían el mismo rostro”.
Me escribió que sobre las imágenes de Guinea-Bissau habría que poner una música de Cabo Verde. Esa sería nuestra contribución a la unidad soñada por Amílcar Cabral. “¿Por qué un país tan pequeño y tan pobre iba a interesar al resto del mundo? Han hecho lo que han podido. Se liberaron, expulsaron a los portugueses, traumatizaron a su ejército hasta el punto de provocar el movimiento que derribó la dictadura e hizo creer, por un momento, en una nueva revolución en Europa. ¿Quién se acuerda de todo eso? La historia lanza sus botellas vacías por las ventanas. Esta mañana me encontraba en el muelle de Pidjiguiti, donde empezó todo en 1959 con los primeros muertos de la lucha. Puede ser tan difícil reconocer África en medio de esta niebla gris como reconocer la lucha en la monótona actividad de los estibadores tropicales. Se rumorea que el día siguiente a la independencia, todos los líderes del tercer mundo acuñaron la misma frase. “Ahora empiezan los verdaderos problemas”. Cabral no tuvo ocasión de decirla, le asesinaron antes, pero los problemas empezaron, continuaron y continúan. Problemas poco emocionantes para el romanticismo revolucionario, trabajar, producir, distribuir, superar el agotamiento después de la guerra, las tentaciones del poder y del privilegio… Y qué. La historia sólo es amarga para los que la esperan azucarada.
Mi problema personal era más concreto, ¿cómo filmar a las mujeres de Bissau? Aparentemente la función mágica del ojo jugaba contra mí. En el mercado de Bissau y Cabo Verde encontré la igualdad en la mirada y esa serie de gestos próximos al ritual de seducción: yo la veo, ella me ha visto, ella sabe que la estoy viendo, me mira, pero en el ángulo justo para disimular que me está mirando. Y finalmente, la mirada definitiva, de frente, que ha durado 1/24 de segundo, el tiempo de un fotograma.
Todas las mujeres tienen una pequeña raíz de indestructibilidad, y el trabajo de los hombres siempre ha sido intentar que ellas se dieran cuenta lo más tarde posible. Los hombres africanos están igual de dotados para ello que los demás, pero observando a las africanas yo no apostaría necesariamente por ello.”
Me contó la historia de un perro llamado Hachiko. “Todos los días un perro esperaba a su amo en la estación. El amo murió, el perro no lo sabía y continuó esperándolo toda su vida. La gente, conmovida, le daba de comer. Tras su muerte, le construyeron una estatua donde la gente deposita sushi y galletas de arroz para que la fiel alma de Hachiko no tenga nunca hambre.
Tokio está lleno de estas pequeñas leyendas y de animales mediadores. El león de Mitsukoshi monta guarda en las fronteras del imperio del señor Okada, gran amante de la pintura francesa, el hombre que alquiló el castillo de Versalles para celebrar el centenario de sus grandes almacenes. En el departamento de ordenadores los jóvenes japoneses ejercitan los músculos de su cerebro al igual que hacían los jóvenes atenienses en la palestra. Tienen una guerra que ganar. Los libros de historia del futuro quizá sitúen la batalla de los circuitos integrados al mismo nivel que las de Salamina o Trafalgar. A riesgo de honrar al desafortunado adversario cediéndole otros terrenos. La moda masculina de esta temporada llega bajo la firma de John Kennedy”. No preguntéis qué puede hacer el país por vosotros, sino lo que vosotros podéis hacer por vuestro país.
Igual que una tortuga votiva acomodada en un roncón de un campo, todos los días veía al señor Asao, el presidente del Partido Patriótico Japonés, tronar desde su balcón con rueda contra el complot comunista internacional. Me escribió: “Los coches de la extrema derecha con sus banderas y megáfonos forman parte del paisaje de Tokio, y el señor Asao es el centro. Creo que le construirán una estatua, igual que al perro Hachiko, en ese cruce que sólo deja para ir a profetizar a los campos de batalla. Estuvo en Narita en los años 60. Los campesinos luchaban contra la instalación del aeropuerto en sus tierras y el señor Akao denunció la mano de Moscú detrás de todo lo que se movía. Yurakucho es el espacio político de Tokio, donde en otro tiempo vi a un bonzo rezar por la paz en Vietnam. Hoy en día los jóvenes activistas de derechas protestan contra la anexión a Rusia de las islas del norte. A veces les responden que las relaciones comerciales de Japón con el abominable ocupante del norte son mucho mejores que con el aliado americano que clama sin cesar a favor de la agresión económica. Nada es simple.
En la otra acera, la izquierda tiene la palabra. El líder de la oposición católica coreana, Kim Dae Jung, secuestrado en Tokio en el 73 por la GESTAPO surcoreana, está amenazado de pena de muerte. Un grupo ha empezado una huelga de hambre y jóvenes militantes recogen firmas para apoyarla.
Regresé a Narita por el cumpleaños de una víctima de la lucha. Una manifestación irreal, la sensación de actuar en “Brigadoon”, de despertarme diez años después entre los mismos actores, con las mismas langostas azules de la policía, los mismos adolescentes con casco, los mismos eslóganes, las mismas banderolas, el mismo objetivo: luchar contra el aeropuerto. Sólo se ha añadido una cosa: el aeropuerto, precisamente. Pero con su única pista y las alambradas que lo rodean, parece más asediado que victorioso. Mi compañero Hayao Yamaneko ha encontrado una solución: si las imágenes presentes no cambian, hay que cambiar las pasadas. Me mostró las luchas de los ´60 retocadas por su sintetizador. Imágenes menos mentirosas, me dice con la convicción de un fanático, que las que ves por televisión. Al menos muestran los que son, imágenes, y no la forma transportable y compacta de una realidad inaccesible. Hayao llama al mundo de su máquina “la Zona”, en homenaje a Tarkovski. Narita me envió un fragmento intacto, como un holograma destrozado, era la imagen de la generación de los sixties. Si querer sin ilusión todavía es querer, puedo decir que la quise. A menudo me irritaba, no comparto su utopía de unir en la misma lucha a los que protestan contra la miseria y a los que protestan contra la riqueza. Pero dio voz a esa reacción visceral que las voces más equilibradas ya no sabían o no se atrevían a pronunciar. Allí encontré a campesinos que se conocieron en la lucha. Al concretarse, fracasó. Al mismo tiempo, todo lo que ganaron abriéndose al mundo, conociéndose ellos mismos, sólo la lucha se lo habría podido aportar. De los estudiantes, unos se mataron entre ellos en las montañas en nombre de la pureza revolucionaria y otros estudiaron el capitalismo para poder combatirlo y que son, hoy en día, sus mejores ejecutivos. El movimiento tuvo, como todo, sus truhanes y sus oportunistas, incluidos, porque también los hay, los oportunistas del martirio. Pero también arrastró a los que decían como el Che Gevara que “tiemblan de indignación cada vez que se comete una injusticia en el mundo”. Querían dar un sentido político a su generosidad, y su generosidad tuvo una vida más larga que su política. Por eso nunca dejaré que se diga que los veinte no son los mejores años de la vida.
La juventud que se reúne los fines de semana en Shinjuku sabe que no es una catapulta hacia la vida real, sino que es una vida que hay que consumir enseguida, como las grosellas. Es un secreto muy simple, los viejos intentan esconderlo y no todos los jóvenes lo saben. La niña de diez años que tiró a su compañera del piso 13 después de haberle atado las manos, por hablar mal de su clase, no lo había descubierto. Los padres que piden ampliación de líneas telefónicas especiales para prevenir los suicidios de los niños se dan cuenta, un poco tarde, de que lo habían escondido muy bien. El rock es un lenguaje internacional para propagar el secreto. En Tokio tienen su lenguaje particular. Para los takenoko, 20 años es la edad de la jubilación. Son bebés marcianos que veo bailar los domingos en el parque Yoyogi. Buscan llamar la atención y no parecen darse cuenta de que nos fijamos en ellos. Viven en un tiempo paralelo, una pared de acuario invisible los separa de la multitud que atraen y puedo pasarme toda una tarde observando a la pequeña Takenoko aprendiendo, por primera vez, las costumbres de su planeta. Aparte de eso, llevan placas de identificación, funcionan a golpes de silbato, la mafia los extorsiona, y a excepción de un único grupo compuesto por chicas, siempre es un chico quien manda”.
Un día me escribió: “Descripción de un sueño. Cada vez más a menudo mis sueños tienen como escenario los grandes almacenes de Tokio y las galerías subterráneas que los prolongan y redoblan su bullicio. Un rostro aparece y desaparece, encuentro un rastro, lo pierdo, todo está tan bien ubicado que al día siguiente me doy cuenta de que sigo buscando en el laberinto del subsuelo la presencia arrebatada de la noche anterior. Empiezo a preguntarme si esos sueños son míos o si forman parte de un conjunto, de un enorme sueño colectivo cuya proyección es la ciudad entera. Quizá bastaría con descolgar unos de los teléfonos omnipresentes para oír una voz familiar o, como en “Los visitantes de la noche”, el latir de un corazón, el de Sei Shonagon, por ejemplo. Todas las galerías desembocan en las estaciones, las mismas empresas poseen las tiendas y los ferrocarriles que llevan su nombre, Keio, Odakyu, son nombres de puertos. El tren poblado de dormilones reúne todos los fragmentos del sueño y forman una única película, la definitiva. Los billetes de la máquina automática se vuelven billetes de entrada”.
Me habló de la luz de enero en las escaleras de las estaciones. Me dijo que esta ciudad tenía que leerse como una partitura. Uno puede perderse entre las grandes masas orquestales y las acumulaciones de detalles, y eso daba la imagen vulgar de Tokio, superpoblada, megalómana e inhumana. En ella creía ver ciclos más tenues, ritmos, pequeños grupos de rostros atrapados al pasar, tan diferenciados y precisos como un conjunto de instrumentos. A veces la comparación musical coincidía con la realidad más simple, la escalera Sony en Ginza era un instrumento de música, cada peldaño era una nota. Todo eso se mezclaba como las voces de una fuga un poco complicada, pero bastaba con coger una y no dejarla escapar, como, por ejemplo, la de los televisores. Dibujaban un itinerario que a veces se volvía a cerrar en bucles inesperados. Era temporada de sumo, y los que seguían los combates en las salas más chic de Ginza eran justamente los más pobres de Tokio, tan pobres que no tenían televisor. Allí se concentraban los pobres de Namidabashi, con los que había bebido sake en un amanecer soleado, ¿hacía ya cuántas temporadas?
Me escribió: “Incluso en los zocos de componentes electrónicos en donde los extravagantes se hacen joyas hay una partitura de Tokio cuya rareza en Europa me condena a un exilio sonoro. Es la música de los videojuegos. Están incrustados en las mesas, podemos beber y comer sin dejar de jugar. Se oyen en la calle: escuchándolos podemos jugar de memoria. He visto nacer todos esos juegos en Japón. Y luego los he encontrado por todo el mundo o una variante parecida. Al principio es un juego conocido, una especie de batería antiecologista en la que se trata de pegar, desde que asoman la cabeza, a las criaturas que aún no sé si son coipos o crías de foca. Ahora la variante japonesa en lugar de animales hay cabezas humanas identificadas por una etiqueta. Arriba de todo, el presidente director general. Delante de él, el vicepresidente y los directores. En la primera fila, los jefes de sección y el jefe de personal. El hombre que filmé y que destrozaba la jerarquía con una energía envidiable me confesó que para él, el juego no era alegórico en absoluto, que él pensaba precisamente en sus superiores. Por eso, sin duda, el muñeco del jefe de personal es aporreado con tanta fuerza que a menudo está fuera de servicio y ha sido reemplazado por una cría de foca.
Hayao Yamaneko inventa videojuegos con su máquina. Para complacerme, incorpora a los animales que me son cercanos, el gato y la lechuza. Sostiene que la materia electrónica es la única que puede tratar el sentimiento, la memoria y la imaginación. Por ejemplo, el Arsène Lupin de Mizoguchi o los no menos imaginarios burakumin. ¿Cómo pretende representar a una clase de japoneses que no existe? Están allí, en Osaka los contrataban por días y dormían en el suelo. Desde la edad media están condenados a tareas sucias e ingratas, pero desde la era Meiji, ya nada los distingue oficialmente y su auténtico nombre, los etas, es tabú, impronunciable. Son no-personas. ¿Cómo mostrarlas si no es en forma de no-imágenes? Los videojuegos son la primera fase del plan de asistencia de las máquinas a la especie humana, el único plan que ofrece un futuro a la inteligencia. Por ahora, la infranqueable filosofía de nuestro tiempo está contenida en el Pac-Man. Cuando sacrificaba todas mis monedas de 100 yenes no sabía que conquistaría el mundo. Quizá porque es la metáfora gráfica más perfecta de la condición humana. Representa, en su justa dosis, las relaciones de fuerza entre el individuo y el entorno y nos anuncia que, a pesar del honor de realizar muchos asaltos victoriosos, al final todo acaba mal”.
Le gustó que los mismos crisantemos se utilizaran para los entierros de los hombres y los animales. Me describió la ceremonia en memoria de los animales muertos durante el año en el zoo de Ueno. “Dos años seguidos dedicando ese día de luto a la muerte de un panda, más irreparable, según los periódicos contemporáneos, que la del primer ministro. El año pasado, la gente lloraba de verdad. Ahora ya han aceptado que la muerte se llevará un panda todos los años, tal y como hacen los dragones de los cuentos con las jovencitas. Oí esta frase: “El tabique que separa la vida de la muerte no nos parece tan grueso como a un occidental”. Lo que he leído más a menudo en los ojos de los que iban a morir era la sorpresa. Lo que ahora leo en los ojos de los niños japoneses es la curiosidad. Como si intentaran, para comprender la muerte de un animal, ver a través del tabique”.
“Vengo de un país donde la muerte no es un tabique que hay que atravesar sino un camino a seguir. El gran ancestro del archipiélago de las Bijagos nos ha descrito el itinerario de los muertos y cómo se desplazan de isla en isla siguiendo un riguroso protocolo hasta la última playa, donde esperarán el barco hacia el otro mundo. Si alguien se los encuentra, sobre todo no hay que identificarlos.
Las Bijagos forman parte de Guinea-Bissau. En un antiguo documento, Amílcar Cabral se despedía de los suyos. Tenía razón, no los volvería a ver. Luiz Cabral hizo el mismo gesto quince años después en la piragua en la que iba. En esa época, Guinea se convirtió en nación. Luiz era el presidente. Todos los que se acuerdan de la guerra se acuerdan de él. Era el hermano de Amílcar, nacido igual que él de una mezcla de sangre guineana y caboverdiana y miembro fundador de un partido fuera de lo común, el PAIGC que, uniendo dos países colonizados en un solo movimiento de lucha quería prefigurar la federación de los dos estados. He oído historias de viejos guerrilleros que lucharon en condiciones tan inhumanas que compadecían a los soldados portugueses por haber tenido que sufrir lo mismo que sufrían ellos. Eso sí lo oí junto a muchas otras cosas, y da vergüenza haber utilizado tan a la ligera, aunque fuera una sola vez o inconscientemente, la palabra “guerrilla” para designar cierto modo de hacer películas. Una palabra que estaba relacionada con muchos debates teóricos y con terribles derrotas sobre el terreno. Amílcar Cabral es el único que condujo una guerrilla a la victoria, y no sólo en términos militares. Conocía a su pueblo, lo estudió durante mucho tiempo. Quería que una región liberada fuera la precursora de una sociedad diferente. Los países socialistas envían armas a los combatientes. Las socialdemocracias llenan las tiendas del pueblo. Y que la extrema izquierda perdone a la historia pero si la guerrilla es como un pez en el agua en parte es gracias a Suecia. Amílcar no tiene miedo de lo ambiguo y conoce las trampas. Escribió: “Se dirá que estamos delante de un gran río de olas y de tormentas, con gente que intenta cruzarlo y se ahoga, pero no tienen otra salida, tienen que cruzarlo…”.
Ahora la escena se transporta a Casaca, el 17 de febrero de 1980, pero para entenderla bien hay que avanzar en el tiempo. Dentro de un año Luiz Cabral, el presidente, estará en prisión, y el hombre a quien acaba de condecorar y que está llorando, el comandante Nino, habrá tomado el poder. El partido habrá explotado, guineanos y caboverdianos lucharán por la herencia de Amílcar. Aprenderemos que tras esa fiesta de entrega de grados que, para los visitantes, perpetúa la fraternidad de la lucha, se escondía todo el resentimiento del día después de la victoria, y que las lágrimas de Nino no representaban la emoción del viejo guerrillero, sino el orgullo herido del héroe al que no se considera más distinguido que al resto. Y tras cada rostro, una memoria. Y donde nos quieren hacer creer que se ha forjado una memoria colectiva, hay millones de memorias humanas que pasean su fisura personal dentro de la gran fisura de la historia.
A su vez, en el Portugal sublevado por la división de Bissau, Miguel Torga, que luchó toda su vida contra la dictadura, escribió “Cada protagonista sólo se representa a él mismo. En vez de una modificación del panorama social, sólo busca, en el acto revolucionario, la sublimación de su propia imagen”.
Es así como, generalmente, caen los revolucionarios, y de un modo tan previsible que hay que creer en una especie de amnesia del futuro que la historia distribuye, por misericordia o intencionadamente, a aquellos a los que recluta. Amílcar, asesinado por los miembros de su propio partido, las legiones liberadas, bajo dominio de pequeños tiranos sanguinarios, que su vez serán liquidados por un poder central cuya estabilidad todo el mundo celebrará hasta el golpe de estado. Es así como avanza la historia, tapando la memoria como se tapan las orejas. Luiz, exiliado en Cuba, y Nino descubriendo a su vez complots contra él, podrán citarse recíprocamente a comparecer ante ella. La historia no entiende nada. Sólo tiene un aliado, aquel del que habla Brando en “Apocalypse now”, el horror, que tiene un nombre y un rostro.
Os escribo todo esto desde otro mundo, un mundo de apariencias. En cierto modo, los dos mundos se comunican. La memoria es para uno lo que la historia es para el otro. Una imposibilidad. Las leyendas nacen de la necesidad de descifrar lo indescifrable. Las memorias tienen que conformarse con su delirio, con su deriva. Un instante parado se quemaría igual que una película delante del proyector. La locura protege, igual que la fiebre. Envidio a Hayao y su Zona. Juega con los símbolos de su memoria, los atrapa y los decora como insectos que echan a volar en el tiempo y a los que puede contemplar desde el exterior del tiempo, la única eternidad que nos queda. Observo sus máquinas, pienso en un mundo donde cada memoria cree su propia leyenda”.
Me escribió que sólo una película habla de la memoria imposible, de la memoria loca, una película de Hitchcock: “Vértigo”. En la espiral de los títulos de crédito vio al tiempo cubrir un campo que se hacía más amplio a medida que se alejaba, un ciclón cuyo momento presente contiene, inmóvil, el ojo. En San Francisco hizo el peregrinaje a todos los sitios del rodaje. La floristería Podestá Baldocchi, desde donde James Stewart espiaba a Kim Novak. Él era el cazador, ella la presa, ¿o era al revés? Las baldosas no habían cambiado. Recorrió en coche todas las colinas de San Francisco por las que James Stewart, Scottie, siguió a Kim Novak, Madeleine. Parece ser una cuestión de vigilancia, de enigma, de asesinato, pero en verdad es una cuestión de poder y de libertad, de melancolía y de vértigo, tan cuidadosamente codificados en el interior de la espiral que nos podemos equivocar y no descubrir que ese vértigo del espacio es en realidad el vértigo del tiempo. Siguió todas las pistas hasta el cementerio de la Misión Dolores donde Madeleine rezaba ante la tumba de una mujer muerta desde hacía tiempo y que seguramente no conocía. Siguió a Madeleine, igual que hizo Scottie, hasta el museo de la Legión de Honor frente al retrato de una mujer muerta que seguramente no conocía. Y en el retrato, como en la cabellera de Madeleine, la espiral del Tiempo. El pequeño hotel victoriano en donde Madeleine desapareció también había desaparecido. El hormigón lo había reemplazado, en la esquina de Hedí y Gough. En cambio, el corte de la secuoya aún estaba en el parque. Allí Madeleine señaló la corta distancia entre dos de las líneas concéntricas que miden la edad del árbol y dijo “Aquí nací y aquí morí”. Se acordó de otra película donde se citaba este mismo pasaje. La secuoya era la del Jardín des Plantes, en París, y la mano apuntaba a un punto fuera del árbol, en el exterior del Tiempo. El ojo del caballo pintado de San Juan Bautista se parecía al de Madeleine. Hitchcock no había inventado nada, todo estaba allí. Corrió bajo los arcos del pasillo de la Misión igual que Madeleine corrió hacia su muerte, ¿pero era ésta la suya? Desde esa torre falsa, que es la única cosa que Hitchcock añadió, imaginaba a Scottie “volviéndose loco de amor” por la posibilidad de vivir con la memoria si no era falseándola, inventando una doble de Madeleine en otra dimensión del Tiempo, una Zona sólo para él, desde donde podría descifrar la indescifrable historia que había comenzado en el Golden Gate al sacar a Madeleine de la bahía de San Francisco cuando la salvó de la muerte antes de volver a empujarla a ella ¿o era al revés? “En San Francisco hice el peregrinaje de una película que había visto 19 veces. En Islandia puse la primera piedra de una película imaginaria.
Allí, aquel verano, encontré a tres niños en una carretera y un volcán que salía del mar. Otro golpe del Gran Arquitecto. Antes de ir a la luna, los astronautas americanos se entrenaron en este rincón de la tierra que se le parece. Allí, en seguida vi un decorado de ciencia-ficción, el paisaje de otro planeta, o quizá no, quizá lo sea del nuestro para alguien de un planeta muy lejano. Lo imagino avanzando por esta tierra volcánica que se pega a la suela de los zapatos con la pesadez de un buzo. De golpe, tropieza, y el siguiente paso lo da un año después por un pequeño sendero cerca de la frontera holandesa, a lo largo de una reserva de aves acuáticas. He aquí un punto de partida. ¿Por qué este salto en el tiempo, esta conexión de recuerdos? Justamente él no lo puede entender. No viene de otro planeta, viene de nuestro futuro. 4001, la era en que el cerebro humano alcanza su grado máximo de empleo. Todo funciona a la perfección, todo lo que dejamos dormir, incluida la memoria. Consecuencia lógica, una memoria total es una memoria anestesiada. Después de muchas historias de hombres que perdieron la memoria, aquí hay una de un hombre que ha perdido el olvido y que, por una rareza de su naturaleza, en lugar de estar orgulloso y despreciar la humanidad del pasado y sus tinieblas, es atrapado por ella por curiosidad y luego por compasión. En el mundo del que viene, evocar un recuerdo, emocionarse ante un retrato, temblar al escuchar música, no pueden ser más que signos de una prehistoria larga y dolorosa. Él quiere entender. Siente que estas imperfecciones del Tiempo son una injusticia, y frente a esta injusticia reacciona como el Che, como los jóvenes de los ´60, con indignación. Es un tercermundista del tiempo; la idea de que la desgracia haya existido en el pasado de su planeta es para él tan insoportable como lo es para ellos la existencia de la miseria en su presente. Naturalmente fracasará, la desgracia que descubre le es tan inaccesible como imaginable es la miseria de un país pobre para los niños de un país rico. Ha escogido renunciar a sus privilegios, pero no puede hacer nada contra el privilegio de haber escogido. Su único viático es lo que le ha lanzado a esta absurda búsqueda, un ciclo de melodías de Mussorgski. Aún se cantan en el siglo 40. Han perdido el sentido, pero es allí donde por primera vez ha percibido la presencia de eso que no comprende, que tiene que ver con la desgracia y la memoria, que tiene que intentar comprender a cualquier precio y hacia la cual, con la pesadez de un buzo, se ha puesto en marcha. Seguramente nunca haré esta película. Sin embargo reúno los decorados, invento los diálogos, preparo mis criaturas favoritas, incluso le pongo un título, justamente el de las melodías de Mussorgski: “Sin Sol”.
El 15 de mayo de 1845, a las siete de la mañana el regimiento de infantería americana asalta una colina de Okinawa rebautizada como Dick Hill. Supongo que creyeron estar conquistando tierras japonesas y que no sabían nada sobre la civilización Ryukyu. Yo tampoco sabía nada de ella, sólo que los rostros de las mujeres del mercado de Itoman me hablaban más de Gauguin que de Utamaro. Durante siglos de etérea sumisión, el tiempo no había pasado en el archipiélago y luego llegó la ruptura. ¿Es una propiedad de las islas depositar en las mujeres su memoria? Aprendí que igual que en Bijagos el saber mágico se transmite a través de las mujeres; cada comunidad tiene una sacerdotisa, la noro, que preside todos los rituales, excepto los entierros. Los japoneses defendieron la posición paso a paso, al final del día las dos semisecciones reformadas de la compañía L, sólo habían avanzado hasta media colina. Una colina parecida a ésta, por la que yo seguía a un grupo de aldeanos que iba a la ceremonia de purificación. La noro se comunica con los dioses del mar, de la lluvia, de la tierra, del fuego, les habla como a familiares a los que no les ha ido nada mal. Todos se inclinan ante la diosa-hermana reflejo, en el absoluto, de una relación privilegiada entre el hermano y la hermana. Incluso después de la muerta, la hermana predomina espiritualmente. Al alba los americanos se retiraron. Aún se necesitó más de un mes de lucha para que la isla se rindiera y cayera en el mundo moderno. 27 años de ocupación americana, el restablecimiento de una discutida soberanía japonesa a dos kilómetros de las boleras y las estaciones de servicio, la noro continúa dialogando con los dioses. Después de ella, el diálogo terminará. Los hermanos ya no sabrán que su hermana muerta cuida de ellos.
Al final de esta ceremonia, sabía que estaba asistiendo al final de algo. Las culturas mágicas que desaparecen dejan huellas en las que les suceden. Esta no dejará ninguna. La ruptura de la historia fue demasiado violenta. Me encontré esta ruptura en la cima de la colina, como también la encontré en el fondo de la fosa donde en 1945 200 chicas se habían suicidado con granadas para no caer vivas en manos de los norteamericanos. La gente se hace fotos delante de la fosa. Enfrente se venden mecheros de recuerdo, con forma de granada.
En la máquina de Hayao la guerra se parece a letras que se queman y que se destruyen en un ribete de fuego. El nombre del código de Pearl Harbour era “Tora, tora, tora”, el nombre de la gata por la que rezaba la pareja de Go To Ku Ji. Así, todo empezó con el nombre de una gata pronunciado tres veces. A lo largo de Okinawa, los kamikazes se lanzaban contra la flota americana. Se convertirían en leyenda. Se prestaban más a ello que las secciones especiales que exponían a sus prisioneros al hielo de Manchiria y luego al agua caliente par medir a qué velocidad se desprendía la carne del hueso. Hizo falta leer sus últimas cartas para saber que no todos los kamikazes eran voluntarios o samuráis fanáticos. Antes de beberse su última copa de sake, Ryoji Uebara escribió: “Siempre he pensado que Japón tenía que ser libre para ser eterno. Puede parecer estúpido decir esto hoy en día, bajo un régimen totalitario. Nosotros, los pilotos kamikaze, somos las máquinas, no tenemos nada que decir, sólo pedir a los compatriotas que hagan de Japón el país de nuestros sueños. En el avión soy una máquina, un pedazo de hierro imantado que aterrizará en el portaaviones. Pero en tierra soy un ser humano, con sentimientos y pasiones. Perdonadme estos pensamientos desordenados. Os dejo una imagen bastante melancólica, pero en el fondo soy feliz. Lo digo sinceramente. Disculpadme””.
Cada vez que volvía de África, hacía escala en la isla de Sal, una roca de sal en medio del Atlántico. Atravesando el pueblo de Santa María y su cementerio de tumbas pintadas, basta con andar un poco para encontrar el desierto.
Me escribió: “He entendido las visiones. De repente, te encuentras en el desierto y en la noche. Todo lo que no sea él no existe. No queremos creernos las imágenes que se nos ofrecen. ¿Os he contado que había emús en Île de France? Este nombre, Île de France, suena raro en la isla de Sal. Mi memoria superpone dos torres, la del castillo en ruinas de Montepilloy, que sirvió de refugio a Juana de Arco, y la del faro en el extremo sur de la isla de Sal, uno de los últimos faros que funciona con petróleo. La presencia de un faro en el Sahel crea el efecto de un collage hasta que ves el mar junto a la orilla de arena y sal. Las tripulaciones de los aviones de larga distancia hacen su rotación en Sal, lo que aporta a esta frontera del vacío un toque de balneario que hace al resto aún más irreal y alimentan a los perros vagabundos que viven en la playa. Esta noche he encontrado muy alterados a mis perros. Jugaban con el mar como nunca antes lo habían hecho. Más tarde, al escuchar radio Hong Kong lo entendí todo. Era el primer día del nuevo año lunar, y por primera vez después de sesenta años, el signo del Perro se cruzaba con el del Agua.
Allí, a 18.000 km, una sombra permanece inmóvil entre largas sombras movedizas que la luz de enero pasea por el suelo de Tokio, es la sombra del bonzo de Asakusa.
El año del Perro también empieza en Japón. Los templos están llenos de visitantes que vienen a tirar su moneda y a rezar a la japonesa: una plegaria que se desliza por la vida sin interrumpirla. Perdido en el fin del mundo, en mi isla de Sal, en compañía de mis jactanciosos perros, me acuerdo de ese mes de enero en Tokio, o más bien de las imágenes que filmé en enero en Tokio. Ahora, sustituyen a mi memoria, son mi memoria. Me pregunto como recuerda las cosas la gente que no filma, que no hace fotos, que no graba en video. ¿Cómo hizo la humanidad para recordar? Ya lo sé, escribió la Biblia. La nueva Biblia será la eterna cinta magnética de un Tiempo que tendrá que leerse continuamente, sólo para saber que ha existido. Mientras esperamos el año 4001 y su memoria total, los oráculos que sacamos de sus cajas hexagonales en Año Nuevo nos podrían prometer: un poco más de poder sobre esta memoria, que va de refugio en refugio, como Juana de Arco, que un anuncio en onda corta de la radio de Hong Kong se reciba en una isla de Cabo Verde y se proyecte hacia Tokio, y que el recuerdo de un color concreto en la calle rebote en otro país, en otra distancia, en otra música y no se acabe nunca.
Al final del camino de la memoria, los ideogramas de Île de France son tan enigmáticos como los kanji de Tokio, bajo la milagrosa luz del Año Nuevo. Es el invierno indio. Como si el aire fuera el primer elemento que sale purificado de las innumerables ceremonias en las que los japoneses se lavan de un año para entrar en otro. Sólo tienen un mes para cumplir con todas las obligaciones que conlleva la cortesía hacia el Tiempo. La más interesante es, sin lugar a dudas, la adquisición del pájaro Uso en el templo de Tenjin, que según la tradición se come todas tus mentiras del año venidero y, según otra tradición, las transforma en verdades. Pero lo que colorea la calle de enero y de golpe la hace diferente es la aparición de los kimonos. En la calle, en las tiendas, en los despachos, incluso en la bolsa el día de su apertura, las chicas salen con sus kimonos de invierno con cuello de piel. En ese momento del año los otros japonenses pueden inventar televisores extraplanos, suicidarse con tronzadores o conquistar dos tercios del mercado mundial de semiconductores, bien por ellos; sólo las vemos a ellas. El 15 de enero es el día de los 20 años, una celebración obligada en la vida de toda joven japonesa. Los ayuntamientos distribuyen pequeñas bolsas llenas de regalos, agendas y recomendaciones sobre cómo ser una buena ciudadana, una buena madre, una buena esposa. Ese día, todas las chicas de 20 años pueden llamar gratis a su familia a cualquier lugar de Japón. Trabajo, familia, patria: la antecámara de la edad adulta. El mundo de los takenoko y los cantantes de rock se aleja como un cohete. Los oradores explican lo que la sociedad espera de ellas. ¿Cuánto tiempo tardarán en olvidar el secreto? Luego, cuando han terminado todas las celebraciones, sólo queda recoger los adornos y accesorios de la fiesta y quemarlos celebrando otra fiesta. Es el dondo-yaki, una bendición sintoísta sobre sus restos que da derecho a la inmortalidad, como las muñecas Ueno. Es el último estado, antes de la desaparición de la impresión dolorosa de las cosas. Daruma, el espíritu tuerto, preside en lo alto de la hoguera. El abandono y el sufrimiento tienen que ser una fiesta y el adiós a todo lo que hemos perdido, roto y usado, se tiene que ennoblecer con una ceremonia. En Japón podría cumplirse el deseo de M. de Montherlant de que el divorcio sea un sacramento. El único momento desconcertante en este ritual habrá sido el círculo de niños que golpeaban el suelo con sus pértigas. Sólo tengo una explicación para ello, aunque para mí podría ser un oficio íntimo cazar topos.
Y a ellos se sumaron mis tres niños de Islandia. Retomé el plano entero añadiendo este final un poco desenfocado, este cuadro tembloroso por la fuerza del viento que soplaba en el acantilado. Todo lo que había cortado para hacerlo más nítido y que explicaba mejor que el resto lo que veía en ese instante, por qué lo tenía al alcance de la mano, al alcance del zoom, hasta su último 1/24 de segundo. La ciudad de Heimaey se extendía a nuestros pies y cinco años después, cuando Haroun Tazieff me envió lo que había filmado en el mismo lugar, sólo me faltó el nombre para saber que la naturaleza hace sus propias dondo-yakis. El volcán de la isla se había despertado. Miré esas imágenes y fue como si el año 65 se recubriera de cenizas. Sólo había que esperar y el planeta, por sí sólo, pondría en escena el trabajo del Tiempo. Volví a ver lo que fue mi ventana, vi emerger tejados y balcones conocidos, las huellas de los paseos que daba todos los días por la ciudad hasta llegar al acantilado, donde me encontré a los niños. El gato con calcetines blancos que Haroun filmó para mí había encontrado su lugar, y pensé que de todas las plegarias al Tiempo que habían marcado el viaje la más justa era la de la señora de Go To Ku Ji, que simplemente decía a su gata Tora “Querida gata, estés donde estés, que tu alma pueda encontrar la paz”. Además, a su vez, el viaje entró en la Zona. Hayao me mostró mis imágenes, ya afectadas por el liquen del Tiempo, liberadas de la mentira que había prolongado la existencia de esos instantes engullidos por la Espiral. Cuando llegó la primavera, cuando los cuervos subieron medio tono su graznido para anunciarla, cogí el tren verde de la Yamanote Line y bajé en la estación de Tokio, al lado de la oficina central de correos. Aunque la calle estuviera vacía, me detuve ante el semáforo en rojo, a la japonesa, para dejar paso a los espíritus de los coches destrozados. Aunque no esperaba ninguna carta, me detuve frente al portillo de correos, ya que hay que honrar a los espíritus de las cartas rotas, y en la ventanilla del correo aéreo para saludar a los espíritus de las cartas que no se enviaron. Medí la insoportable vanidad de Occidente que no deja de privilegiar al ser por encima del no ser, lo dicho por encima de lo no dicho. Anduve por los pequeños tenderetes de los vendedores de ropa y, a lo lejos, por los altavoces oí la voz del señor Akao, que había subido medio tono. Finalmente bajé al sótano donde mi compañero el maniático se apresuraba ante sus grafitis electrónicos. En el fondo su lenguaje me llega pues se dirige a esa parte de nosotros que se empeña en dibujar perfiles en las paredes de las prisiones. Una tiza para repasar los contornos de lo que no es, o ya no es, o aún no es. Una escritura con la cual cada uno compondrá su propia lista de cosas que hacen latir el corazón, para regalarlas o para borrarlas. En ese momento, la poesía será hecha por todos, y habrá emús en la Zona”.
Me escribe desde Japón, me escribe desde África. Me escribe que puede fijar la mirada de la mujer del mercado de Praia, que solo duraba el tiempo de un fotograma. ¿Habrá algún día una última carta?
Las cartas de Sandor Krasna han sido leídas por Florence Delay.