La motivación del monstruo es una carta de lectores que envié a “The Clinic”, un diario joven chileno, a propósito de una historia de amor, que conocidos de la infancia de Sebastián Piñera, me contaron sobre su juventud. No recibí respuesta del editor, así que es probable que nunca se publique.

Muchos tendrán argumentos que expliquen por qué Sebastián Piñera podría llegar a ser el nuevo presidente de los chilenos. Las causas aparentes responderían al progresivo desmembramiento político de la Concertación (sus dos heridas de muerte: el Transantiago y la traicionera y reciente ley de educación); la falta de un oponente carismático, sumado el hecho de que los lineamentos culturales que inculcan los medios de comunicación masivos fomentan la construcción de una cultura política “arrivista e irresponsable”. Todo esto, a grandes rasgos, principalmente porque no soy chileno y llevo pocas semanas en el país. Me vi obligado a conocer a manito de gato Piñera porque su cara cocida fue tapa de todos los diarios, incluso de The Clinic, publicación de la cual extraje una mirada que me llevó a establecer una analogía con Mauricio Macri, en Buenos Aires. Con la diferencia de que Macri fue un niño rico desde siempre y Piñera no. Para nada, y no haberlo sido quizá sea la motivación profunda que lo impulse a proclamarse, con la voz de su propio pueblo, el hombre más importante de Chile, su Presidente.
Verán, quizá fue sólo suerte de recién llegado, pero me contaron esta historia:
Era costumbre, según se me dijo, que los alumnos del Verbo Divino cotejaran a las señoritas del Villa María, ya que un colegio estaba enfrente del otro. Pero Piñera debió ser un alumno distinto, porque se alejó unos pasos de lo que le estaba previsto y llegó a pie hasta las Ursulinas, institución regida por monjas alemanas. Allí, en el casto predio de las Ursulinas se escondía una muñeca de oro. Sebastián descubrió una alemanita tan hermosa que tomó por completo su corazón juvenil. ¡Oh, joven Sebastián! ¡¿Cuáles habrán sido los argumentos que conquistaron el pecho, los ojos y la boca de esa tierna niña, que llegó a desearte como su eterno esposo!? Probablemente haya sido amor. Amor de verdad. ¿Qué sabía aquel Sebastián de lo que sería el actual Piñera? ¡Piñera precisamente era nada! O eso le hizo saber Annette von T., una señora procedente de una distinguidísima familia alemana, que tenía por su hija, la joya más preciada de la aristocracia local. Quizá la señora Annette, como a muchos inmigrantes antiguamente acaudalados, la fortuna se le empezaba a desmoronar en el tercer mundo, y la belleza de su niña era su única esperanza de salvación. Un Larraín, un Undurraga, algún Echeverría podrían haber sido candidatos en un futuro; la vieja, se me dijo, era estricta y ambiciosa y desunió el amor. Los jóvenes febriles cayeron en una profunda depresión. Sebastián quiso irse del país y viajó a los Estados Unidos, para convertirse más tarde en uno de los Chicago boys. La niña, hasta donde sé, no volvió a tener pareja hasta los 38 años, cuando se casó con un empresario de mediana fortuna con cuatro hijos de su primer matrimonio.
Mientras me contaban, prefiero no decir quiénes, yo imaginaba la siguiente situación. Piñera saliendo de una de sus mediáticas reuniones, un enjambre de periodistas en la puerta. De entre todas las preguntas pertinentes, una sobresalía. Pero por algún motivo sólo pensarlo me hacía sentir un hijo de puta. Yo mismo no me animaría a preguntarle a Piñera qué sabe o qué piensa de su muñequita dorada. A fin de cuentas, Sebastián hizo con el Piñera lo que debía para merecerla, ser el hombre más importante del país; y ella también lo hizo, obedeciendo.
A.C.
Santido de Chile, junio de 2008