por Aquiles Cristiani
muy a Titi
Quieto Cachi. Que se quede quieto le pidió. Después llamó a Marcelina. Después, desde el suelo, Cachi abrió los ojos. Veía nada.
Nada o una intersección de nubes oscureciendo un poco el cielo. Un pedazo del cielo. El resto celeste, cúmulos blancos casi normales y algo de lo que iba a ser esa tardecita. No veía el monte pero tampoco hacía falta verlo para saber que seguía ahí. No iba a moverse. Ni él ni el monte. Veía el cielo.
¡Marcelina!
Es el Cachi, dijo después. Y ya estaba llorando. Sujetándole esa pierna machacada y abierta con las manos. Haciendo fuerza para adentro para que la carne de un lado se pegue con la carne del otro lado. Le temblaban los codos de la fuerza. La misma fuerza que cuando baja Vidal y la lleva para allá atrás y hay que tirarse al suelo, rasparse las piernas, las manos. Empezaba a temblar, igualita. Después también lloraba porque Vidal ni una palabra más de lo que le venía prometiendo desde aquella vez que se lo dijo. Igual. Le zumbaban las muñecas y los dedos, se le metían bien adentro en la carne, hasta el hueso. Cachi gritó.
¡Marcelina pronto!
Marcelina fue viniendo. Porque a las cabras hay que dejarlas salir a dar la vuelta para que se pongan lindas, menos a la lanuda que ya está bien como está. Y después el guiso que hay que revolverlo para que no se pegue. Salió recién después de las cabras, del guiso, porque el Cachi ya había venido otras veces así, tomado, y que se arregle pensó, y se lo hizo saber desde la ventana del rancho, que se arregle le dijo, mientras revolvía, mientras las palabras de Tamita volvían a entrar diciéndole que Marcelina pronto, vení. Y se asomó mejor y fue yendo, pero más ligerito.
¿Dónde te metiste que estás así? Los perros, dijo Cachi. Tamita miraba seria a Marcelina para que no diga más y deje tranquilo a ese chico que ya bastante tenía con él sólo. Algo sacó Marcelina de esa cara adusta, de niña, y de miedo, o de mujer preocupada; porque dijo: hay que ir del doctor. También dijo ¿quién va a pasar a esta hora? Nadie. Y nada más. Tamita le tiraba de la pollera, abriéndola como un celo enorme. Las dos mujeres para tapar el viento, evitando que se meta tanto polvo en la herida. El chico en medio de esas dos mujeres.
Marcelina se fue espantando de a golpes mientras se dejaba arrastrar, porque no era una pavada nomás, no, le habían comido el pedazo que va justo arriba de la rodilla y que tapa el hueso. Con los ojos duros seguía el curso de la sangre que iba bajando y haciendo charco en ese pedazo que estaba faltando. Un susto que le va entrando, que le enreda las piernas, mientras sigue la ronda por la que la arrastra Tamita. Gira con patas de miedo la ronda hasta tapar el viento que cambió otra vez, hasta sentir un golpe de aire que le infla la pollera como un pavo. Y Tamita dice, ahí está bien Tía, ya no entra tanto polvo. Fue a tocar con su tobillo el de la pierna mala de Cachi. De despistada nomás. De tanto giro que hay que dar. Estaba frío el tobillo. Tan frío que da susto. Se refriega un poco las manos en la falda, las pone junto a las de Tamita después. Casi tocando el hueso.
¿Quién te ha hecho este daño?
Las cabras se fueron metiendo de a una en el rancho y a las cabras hay que sacarlas del rancho porque se comen todo. A veces hasta el colchón, y las papas que quedan, los botones de la camisa y seguro, lo primero, enfilan para el guiso. Marcelina tuvo que ir a sacarlas. Se fue acercando. Los pies mirando hacia la casa, la cabeza en blanco o repitiéndole la atrocidad que habían hecho esos perros en la pierna de Cachi, ¡fuera!, diciendo a las cabras, también ¿qué te han hecho Cachi?, a ella, diciéndose, bajito.
Tamita acomodó a Cachi que seguía con los ojos puestos en eso que cada vez se parecía más a una tardecita. Le condujo las manos hacia la pierna mala, le dijo apretá con fuerza para que la carne de un lado se pegue con la carne del otro lado. Y se fue donde Marcelina, donde estaban las cabras con sus asuntos. Voy a la casa y vuelvo, como que le decía, enseguida vuelvo, o algo así, yéndose. A esa casa una de dos que hay en ese pueblo que podrían llamar pueblucho pero que no, porque eran tres cuando no eran siete. Para la siembra siete. Porque a ninguno se le había ocurrido llamarlo así. Si está Marcelina lo llaman Marcelina, sino distinto, según quién este lo llaman. A esa casa se fue y lo que realmente dijo fue otra cosa: ayudo a Marcelina a sacar las cabras rapidito y te curamos. También le pidió que aguante. Le quitó el sudor de la frente y ahí se fue recién. Ahí. Cuando él le dijo como si se tratase de un secreto inconfesable, de un dolor muy hondo, traéme agua, que me quema.
No, así, de las patas tirale. Tirale duro. Tamita se apuró a sujetar la pata izquierda y trasera del animal, mordiendo una mata grande de manzanilla que les había crecido en el rincón junto a la ventana, de luz entrecortada de las seis para las siete, más roja que amarilla, así por todo el cuarto, y a las flores, que el animal había tragado de cuajo, las raíces que se empezaban a ver de entre la tierra, del piso debajo de la ventana, se levantaba la tierra, y la pata derecha y trasera del animal que sujeta Marcelina, las dos mujeres las dos patas, la tierra agrietada de tanto tirar.
Pero en ningún momento pensó en morirse. Se fue quedando quieto nada más. Como los viejos que repasan el día por la tarde, por si se mueren hoy para poder hacerlo en orden. Con una cabeza extraña que se le puso encima, calmándolo, llevándolo de nuevo hacia la casa del alemán, que no estaba, quizá desde hace años, no lo sabe, sabe que sí está su hijo y sus dos perros. Esos que le arrancaron la pierna. Casi no se movía su cabeza. Iban cayendo las imágenes como chorritos que no llenan nada. En orden.
No suelte tía. Marcelina tironeó bastante hasta que la cabra pegó un grito que a fin de cuentas sirvió para que largase un poco y para que se viesen los primeros verdes que distinguen tan claramente la raíz del tallo de una mata de manzanillas.
Levantó esos tres quesos que había traído a vender. Brillaban de aceite y al sol. Algo habrá sospechado. Seguro. Ahí nomás, enseguida. Cuando el alemán se puso de pie tan rápido, cuando la galería de esa casa grande perdió la calma y los perros empezaron a olfatear la puntita apenas de esa desgracia que hace a los hombres tan así. Cuando se fue acercando, barriendo con sus perros lo que había de campo entre ellos. Hasta estar casi juntos sorprendiendo la tarde, o a ellos mismos, o a sus respectivos hábitos de no esperar nada por la tarde. Porque fue así, pura sorpresa.
Se le metió el miedo a Cachi recién cuando pudo ver por entre esos ojos infrecuentes, o demasiado claros, o sangrosos de la bronca. Lo que le tocaba en suerte en esos ojos veía Cachi, a través de ellos y como podía, el alemán. Lo que les tocaba en suerte. El petiso y el marrón grandote esperaban con una pata en el aire. Con un silencio bastante ceremonial para tratarse de dos perros. A la orden. Primero bajó los quesos que había traído a vender, que levantó para que el alemán viera desde la galería, cuando estaba lejos y tranquila. Después los dejó caer. No se acercaba a comprar quesos. Se le iba arrimando distinto a alguien que se le antojó un queso, otro comercio traía entre ceja y ceja. Entre dientes.
Soltó unas consonantes todas juntas. No llegaron tan lejos, no tanto fueron esas palabras, lo suficiente como para que los allí presentes se dieran cuenta de que se venía una brava. A Cachi, por ejemplo, esas palabras se le clavaron en el cuerpo pero se sostuvo de pie de todas formas. A los perros no, por ejemplo.
Los perros se lanzaron tras las palabras. El hombre dio unos pasos más. Hasta llegar justo ahí, enfrente del quesero. Los perros que llegaron más rápido por perros, uno a cada lado de esos ojos. Cachi pensó cagaste Cachi.
Te vas a tener que ir a lo de Vidal, le dijo. ¿Y la cabra?, le contestó. La cabra la comemos de vuelta del doctor, y le soltó la pata derecha y trasera y le hundió el cuchillo donde se mata más rápido una cabra. La sangre se fue por ahí más que nada, por las grietas que nacían alrededor de la mata de manzanilla que la cabra dejó, dada la circunstancia, a medio masticar y deshojada. Como margaritas de un amor prácticamente insignificante. Pero también se fue un poco para cualquier lado la sangre. Enseguida se la chupó el piso y se hizo ese pasticho que le gusta tanto a las moscas.
El más retacón, a diferencia del marrón grandote, ya no mordía, perecía pegado a la pierna de Cachi como en una promesa. Del miedo no le dolía. Del miedo no le podía quitar los ojos a ese que únicamente pispeaba que todo marchara bien. Seguro de que sus perros eran dos buenos perros, que hacían las cosas bien. Con el índice en el gatillo. Porque siempre algo puede no salir según lo planeado. Por si las dudas.
No sé dónde vive, dijo Tamita. No cuentes cuentos, te pido por favor. Le digo tía que no sé. Si no sabés decile a tus piernas que te lleven que ésas te van a llevar bien rápido. Tus piernas, repitió.
Y en cierta forma tuvo razón, si se echó a correr monte arriba, empezando a llorar de nuevo, por el Cachi que al verla pasar le dijo, el agua, que quema, y ella, enseguida te trae la tía, llorando por la vergüenza que le daban sus piernas que de verdad iban rápido. También por los cuentos esos que dicen que Vidal ya tiene dos hijos y ninguna mujer, o muchas, pero que está sólo con sus hijos, porque los hijos se los queda él y las mujeres que se vayan.
No pasa nada con matar, es una cosa que se hace y listo, como otras tantas cosas. Algo que se hace o se deja de hacer. Y lo hice, lo maté. Pude. Al final lo maté.
No hablar. Hay lugares, hay situaciones en las que se puede no hablar. Son pocas. Esta es una y también pude. No hablé nada con nadie. Me cuidé de no hacerlo, de que no se me haga más difícil. Entonces sí, era cierto lo que pensaba. No hay que hablar estos asuntos de matar con nadie. Aunque estén de acuerdo, el gallinero de planear una muerte empeora las cosas. Es así. No conviene para nada. Tuve mis razones y alcanzó. Entonces sí. El resto viene sólo. Uno no es difícil, para nada.
No me siento ni asesino ni loco ni equivocado. Siento que voy entrar a esa casa una vez más, como siempre pero la última, voy agarrar el rifle, me lo voy a poner en la cabeza, y me voy a pegar un tiro en la cabeza. Y siento que va a ser tan fácil como lo otro.
Cae despacio el sol cuando uno va a matarse. Igual cae, de todas formas.
Hoy le vi la cara al negro ese. Hoy por fin. Y hoy que lo vi lo maté también.
No sé si yo hubiese podido haber sido otro, parecía que sí, pero al final no. Algo pasó. Muchas cosas se juntaron de golpe, se encimaron como moscas a la cagada que alguien se mandó. Pero ya es tarde para saber qué es mierda y qué es mosca. Algo pasó y cuando algo así pasa los días se juntan todos, se vuelven el mismo. Y se sigue. Hasta que se acaba en envión. El negro ese fue lo que pasó.
Por ahí, mejor, primero me conviene ponerme a esperar a que la negrita me venga con el cuento, antes de meterme en la casa, que venga y me diga que le mataron a su prometido, que a Vidal se lo comieron unos perros y yo le digo, qué lástima y por favor andate que estoy cansado. Que venga y me lo diga, mejor. Así le devuelvo el dolor que ella me hizo, ese desplante tan típico de negra soñadora. No sé para qué sueñan los negros. La verdad no sé. Así me mato más tranquilo. Y le digo que no, cuando ella insista llorando a los gritos, le digo que no, que al negro ese yo no lo llevo a Molinos para que lo entierren. Que yo a la chata no subo más negros. Eso le digo.
O la espero muerto. Pero le dejo una nota que diga, querías cría, ahora tenés cría. Y que se tenga que pasear con todos los hijos del negro ese, sabiendo que la gente sabe que ninguno es de ella, que piensan que es una pena que le haya ido tan mal en la vida, siendo tan linda, sin ningún hijo propio, sin marido y cargando tanta desgracia. Una pena la negrita. Y que me odie que eso es por lo menos algo. Porque a fin de cuentas le hago un favor dejándole sólo la cría, evitándole que el malparido ese la muela a golpes o la mate de vergüenza. Como a mi Brigitte.
Porque esa fue la peor canallada que me hizo el negro ese, la peor que se le puede hacer a un hombre quizá. Me sacó hasta los golpes. Si ella al menos hubiese venido con la noticia, si me hubiese dicho que se equivocó, que está arrepentida, que no lo hace más. Que no lo hace más porque me ama a mí. Si la lleno de golpes hasta que se vacíe del negro ese, si al menos. No sé. Yo hubiese sido el culpable, yo le pediría perdón, yo el responsable de la muerte y de su error. Y su error, una cosita de nada frente a mis puños que se lo pego todos. Brigitte me habría perdonado, eso lo sé porque era una buena mujer. Pero no, tuvo que hacerlo él, devolvérmela deshecha a golpes de él, sabiendo que con apenas tocarla, con apenas decirle puta la mataba. Por más bajito que le dijese puta.
No puede decirle nada, pude cuidarla, llevarla al hospital y dejarla sola cuando tomó su primera tasa de té. Después la miré y ella ya no pudo mirarme más.
Tuve que irme lejos. Lejos para soñaba que ese chico seguía ahí, a pesar de todos esos golpes. Abultándole el vientre hasta dejarla hecha una vergüenza.
Volví dispuesto a creerme que todo había sido mi culpa, a decirle eso que nunca entendí bien lo que era pero que la iba a poner feliz de verme otra vez. Eso que me hizo volver. Todo fue más o menos como lo había pensado: se puso contenta y aceptó mis disculpas como si las hubiese estado esperando desde siempre. Como sabiendo que yo era de carácter difícil pero que terminaría por darme cuenta, que necesitaba un tiempo nada más para entenderlo. Por eso no estaba enojada con que me haya desaparecido así. Sabía que iba a volver a decirle lo que le estaba diciendo. Recuperó un poco las fuerzas cuando le dije que bueno, que tenía razón. Empezó a sonreír algunas veces. Le decía que no iba a hacer nada malo nunca más. Ella se ponía mejor. Yo le decía cosas como si estuviese ciego, sin saber del todo lo que estaba haciendo. Pero ella se recuperaba, tomaba más té, alguna sopa y después parecía dormirse tranquila.
Lo que soñaba era verdad. El chico era más fuerte que cualquier cosa. Seguía ahí.
El doctor me preguntó si quería pasar para ayudar con el trabajo de parto. Le dije que gracias pero que no. Ya había ayudado bastante, ya estaba contenta. Me fui.
Pasó algún tiempo, el que aguanté. En la casa no estaba. En el hospital me dijeron que lo lamentaban mucho. Que si quería me decían dónde podía llevarle unas flores. También me hablaron de lo buena persona que era Don Vidal, muy desinteresada. Que se había hecho cargo del niño para que no se lo tengan que llevar a la ciudad por puro tramiterío. Que el chico era de acá y acá iba a quedarse, que estaba dispuesto a hacer el esfuerzo por un chico tan precioso y tan sólo.
En realidad no sabe por quién llora. Motivos no le andan faltando a Tamita. Lo que es seguro, más ve cruzarse ese chico monte arriba, camino a lo de Vidal, más se le llena la cara de pena. Es ese chico salvaje que así como aparece se pierde en la espesura del monte. Su cara negra es la misma. Los ojos no dejan mentir, quedan como encendidos aun cuando ya no se lo puede ver. Aclarando lo que era cierto, lo que se cuenta. Cuando queda solo monte, y ella. Esos ojos que dan vergüenza a cualquiera. Ese niño bellísimo que era de veras.
Apenas tocar la puerta para que se abra sola. Vidal estaba, ahí, tirado en el colchón medio desnudo, con los brillos de sudor que le dejó puestos el día de trabajo. Bastante sucio pero lindo, como él es. Y la luz de la tarde, ya más dorada, para ella, apoyándose en el hombre maldito, hermoso, el hombre que ama tanto. El hombre maldito que a polvazos se hizo cuento. Monte. Ese de la belleza endiablada que se les mete a las mujeres ensoñadas de la tarde, mientras pican cebolla y se pinchan un dedo y sangra, y se asoman a la ventana embobadas a ver si viene, a que las saque de ahí, y no, y le cuentan al marido cuando vuelve que estoy sola todo el día, que mirá si pasa algo, teniendo miedo de que el monstruo ese se aparezca. Y no aparece. Nunca aparece, nunca apareció. Lo habrán visto, habrán oído hablar de él. Habrá sido suficiente eso nomás. Un hombre que la arruinó completamente, que esa primera vez que se le apareció a ella, no tuvo miedo ni nada, vení, vení más cerca le dijo, y ella se arrimó, y él, al oído con todas las letras le dice ando buscando señora, si le gustaría. Ella le explica que todavía tiene que ayudar a la tía con la casa, que su hermano es muy vago para el trabajo y que la tía sola no se arregla. No ayuda el Cachi, si se la pasa yendo a Molinos a tomar y a veces hasta se vuelve escapado de tanta plata que debe de tomar, y después, le cuenta, la tía varias veces se tiene que ir al pueblo a arreglar los asuntos de mi hermano y yo me quedo encargada de todo, de cocinar, sacar las cabras. No va querer la tía, dice que hay que conocer la casa antes de conocer al hombre, y le explica que se venga de vuelta en unos meses, que cumple los años y que por ahí la tía afloje entonces. Bueno, le contesta Vidal, me vengo entonces. Bueno, y le apoya la mano en el hombro, la mira. Empieza a temblar, y las manos, y la mira, y la lleva para allá atrás y hay que tirarse al suelo, rasparse las piernas, las manos. Ese hombre, ese mismo. Ahora entiende que la dejó soltera, que no le va a robar ningún hijo porque no va a haber hijo ni nada. Que no, que para qué, si ella no puede darle un chico tan precioso como el que ya tiene. De otra, que se aparece como un maleficio de camino. Monte arriba.
¿Qué le hiciste Cachi? Nada ¿Y él qué te hizo? Nada tía, fueron los perros le digo. Y dejó de hablar Cachi, sólo se siguió acordando de algunas cosas más. Cosas parecidas a un grillo en los dedos del alemán, en el gatillo de la escopeta. Haciendo cri cri. Por si las moscas.
Siguió, Cachi. Entre esas cosas que se fue acordando el hombre volvió a la casa, dejó a los perros suspendidos en su mordisco hasta que se le hizo ese ruido en la pierna tan parecido al de dos perros mordiendo un hueso.
Y lo soltaron. Tal vez intuyendo que él era el Cachi y no ese otro, que era inocente y que sólo había venido a vender queso y a nada más.
Yo no voy le dijo Vidal, aunque Tamita le explicaba que si no la alcanzaba con el caballo hasta la estancia del alemán el Cachi se les moría, que si el alemán no los llevaba con la chata hasta Molinos no iban a hacer a tiempo, que se le sale toda la sangre, se queda seco Vidal, que por favor, que a mí no se me muere nadie dijo Vidal.
Llora. Pobre porque que no puede más. Pobre Tamita que sospecha que ese hombre puede saber algo de lo del alemán. Llora más. Que así como se cuentan cosas de Vidal que son ciertas, pueden contarse cosas de ella que también lo son. Cosas se cuentan muchas lamentablemente. Pobre. Porque ella no tenía la intención, si ella sólo lo quiere a él. Apenas se dejó encerrar un poco, como una estúpida. Sin querer. Él le preguntó por la fruta y ella después de olerla le dijo que sí, que estaba buena la fruta, llevela nomás. Y después él le dijo Fritz y ella también le dijo. Como una estúpida. Tamita, le dijo.
Y le dijo otra vez que sí, que no había problema, que podían volver juntos en la chata.
Fritz abrió la puerta del conductor y metió el cajón de fruta bien pegado a la otra puerta. Porque el piso está sucio y se va a ensuciar la fruta. Igual lugar hay de sobra, dijo.
Había, justo como para que la fruta viaje limpia y dos personas incómodas. Más que nada ella, cuando de golpe hay que poner la segunda y la palanca se escurre un poco entre las piernas y la muñeca del hombre le levanta, cada barranca, cada segunda, un poco más la pollera, y la muñeca que apenas hace algo en esa parte que tanto le andan preocupando a los catorce años de Tamita, roza. Y hay como mil barrancas hasta la casa, y tantas segundas, barrancas, como el monte, como todos los montes apilados, uno atrás de otro, cada vez, ya sin pollera que tapa, nada, sólo nervios y el apuro de Fritz que cada vez se nota más. Tampoco es que llegaron, es que se frenó la chata y el asunto siguió pero para otro lado. Y ella como una estúpida, mosquita muerta que no dice nada.
Le sacó la ropa que quedaba como si se fuese a comer toda la carne junta. Sacándola desnuda de la chata, mordiéndole las piernas antes de que toque el suelo. Dejándose tirar encantada de que su cuerpo que hasta hace un rato sólo servía para comprar fruta ahora sirva para tantas otras cosas. Fantaseada de los rulos amarillos que se le escapan de las manos y le cosquillean las pintitas un poco más oscuras de la piel de su nariz, del hombre que la saca a pasear en chata hasta que no puede manejar más y se le lanza encima.
Cosa de dos minutos. Dos minutos nada más, piensa ahora, para que el hombre caiga rendido sobre el cuerpo nuevo, para que ella sea completamente otra.
La mira, le dice cosas, le regala una florcita que justo ahí al lado, y que mañana se acerca a su casa y habla con quien tenga que hablar, vas a ser la señora de la estancia mañana, ¿te gusta?. Y ella le dice que le encantaría pero que está comprometida con Vidal, una vez me lo dijo, y que no se lo repitió porque su enamorado es una persona muy callada, pero que no va a faltar oportunidad. Lo que pasó, no sabe por qué pasó pero que nada más. Y él tampoco repite nada de lo que le venía prometiendo. Ni una palabra.
Escucha como la primera, la segunda, la tercera, empiezan a dejar de escucharse.
Marcelina sí la ve llegar con un trapito muy poco para taparla toda, sí la ve corriendo hacia la casa, y sí le dice que lo único blanco van a ser las nubes para cuando cumpla quince.
No, puede que no venga. O que mañana venga que es más o menos lo mismo. O cosas peores como pasado mañana o como el jueves. Por eso, quemo todo, la casa, la siembra. Mejor. No dejo nada. Porque podrían aprovechar la casa cuando esté vacía, podrían usar mi muerte en su provecho. Y yo no me pienso morir en provecho de nadie. Mejor que no quede nada.
No, no voy a ninguna parte, y andate de una vez. Y no vuelvas más, le dijo. Se volvió a tirar donde estaba tirado, con la misma desnudez y el mismo sudor, pero con los ojos cerrados a la fuerza, simulando una suerte de sueño repentino, pretendiendo que Tamita dejase de existir en su invedencia, que de golpe no esté más ahí, pidiéndole tanta cosa.
Tamita lo ve recostarse ahí donde no había dejado de estarlo pero con una desnudez más extensa, como si todo allí fuese desnudo, todo ahí, cuerpo, ese hombre que era más así de lo que se contaba de él, infinitamente peor, infinitamente más desnudo. Una cosa muy rara, de esas que no se sabe por qué pero que son así, que la lleva a acercase, y él siente que su respiración rebota en el cuerpo de Tamita acercándose, arrodillada al costado de la cama, y su sueño forzado que insiste, como los murciélagos y su extraña relación con las cosas, pero sin cambiar su dirección repentinamente, no, no es que no es una chicharra y es una vaca y entonces la esquiva, y dobla para arriba, para lo oscuro, a esperar una chicharra o algo que se coma, no como los murciélagos, no, o parecido, porque no confunde el cuerpo de Tamita con un cuerpo que se evita, cerca, la escucha pidiéndole, te amo tanto Vidal, por favor Vidal, cerca, y no hay en ese cuarto ningún oscuro donde esperar una chicharra. Ella le apoya la mano en el pecho, él se empieza a resignar, se ablanda, y es que no sabés nada, le dice él por fin, es que no sabés. Sí sé, ella, claro que sé pero no importa porque vos me querés ¿no es cierto Vidal?, y cierra más los ojos, él, yo lo sé todo, sigue ella, yo sé ¿qué pensabas?, pidiendo, paseándole las manos en el pecho, en la blandez de ese hombre que escapa como puede, porque es un hombre sólo y porque las manos de Tamita son las manos de una mujer, aunque lo quiera así es sólo, perdido en el monte, y difícil ser sólo porque las manos se pasean la piel como un chico que se estira la cara y juega al monstruo o al chancho frente al espejo, y la piel va y vuelve en formas cada vez más raras, y bajan pero no tanto, suben justo cuando ahí, donde tenían que bajar un poco más, apenas más, no es que bajan hasta su necesidad más urgente de hombre solo, como lo prometían, al final suben hasta el cuello y empiezan a apretar con toda la fuerza del llanto que la acogota a ella, que no alcanza para ahorcar la carne dura de él, yo entiendo todo, ella, yo sé todo pero no me importa si me querés, ¿me querés?, yo no puedo ir del alemán, él, vos no sabés nada, le dice, bueno, no sé nada pero igual quereme, y sí que te quiero, le dice Vidal. Con los brazos blandos pegados al cuerpo como un soldado que se deja insultar por raso que es nomás, porque ya están apretando bastante las manos de Tamita en el cuello, que le pide vamos y los matamos al alemán, vamos y lo matamos bien muerto así después me querés sin vueltas, y ya no hay nada que entender, puede ser, le contesta con ese hilo de aire que hace todavía la conversación posible, y lo matamos y listo y me querés para siempre, pero tiene un rifle el alemán, le dice que va a haber que esperar hasta la noche, para agarralo por sorpresa le dice Vidal, no, ahora le pide, te vas ahorita mismo, y no te olvides de traerte la chata, ahora Vidal, el Cachi no llega hasta la noche, el Cachi aguanta un rato más apenas, ahora te vas a matarlo Vidal, mientras se pone rojo del casi nada de aire que le queda en el cuerpo. Lo matás.
Y sucede que basta. Sucede que Vidal le sacude un golpe en la cabeza y Tamita se desploma en el suelo. Dos o tres golpes más también suceden. Todos con los puños de Vidal y todos en la cabeza de Tamita. Hasta que entiende que va tener que irse yendo, monte abajo, sin hijos, sin que la quieran para siempre, sin pedir más, con una muerte que no es la del alemán ni la de ella ni siquiera la de Vidal. Con una muerte que poco tiene que ver con lo que ella espera de la muerte. Con tres o cuatro golpes que le sucedieron en la cabeza.
No, todavía no estoy muerto tía. Menos mal, pensé que te nos habías ido. Después Marcelina mira a ver si Tamita se apura, si se aparece con el caballo de una vez. Después Cachi cierra los ojos. Nada en el cielo.
Más te vale que vayas creciendo, se dice. Y empieza: uno dos tres cuatro. Ininterrumpido, hasta el veintisiete, sin saltearse ni un número, para no pensar en todo lo que va tener que pensar en algún momento. Cuando llegue abajo. Cuarenta siete cuarenta ocho cuarenta nueve. Algunos pasos no los cuenta, los saltea porque corre tan rápido. Por ejemplo, el noventa y tres, que se detuvo a mirar para el costado, noventaiún noventa y dos noventa y cuatro noventa y cinco, no para atrás, para el lado que en el que se podía ver un hilo de humo blanco contrastando un cielo definitivamente oscuro, subiendo de la casa del alemán prendida fuego, que la detuvo y la distrajo. Y siguió desde el cien porque se acordaba de noventa y tanto, noventa y siete quizá. Cien ciento uno ciento dos, sin tropezar, sin nada que no sea ir rápido para abajo, y lejos, bien lejos para siempre, para salvar a su hermano, rápido a curarle la pierna, a pensar en otra cosa. Tal vez podrían viajar a la capital, en el ciento diecisiete se imagina elegante, caminando por las calles principales, y las avenidas, ciento dieciocho ciento diecinueve, en cuanto Cachi estuviese bien, con ánimo, ya pensarían en algo, a trabajar y a juntar el dinero para pagarle el pasaje a la tía, que se venga también. Peso por peso, llega un día el sobre y la tía loca de contenta, dos treinta y ocho treinta y nueve cuarenta. Dos cuarenta. Espía un poco para atrás pero ya no hay nada aunque se pare y se detenga con todo lo grande de sus ojos a mirar, nadie que la siga, ningún Vidal para arrepentirse de nada. Cuatro cuarenta seis cuarenta siete, si no queda ni siembra, si ya no rinde, si ni hombres, si nada, cuatro cincuenta cuatro cincuenta y uno, la tía no va a querer en realidad, pero el Cachi se pone bien y la convencemos, setenta y tres cuatro setenta cuatro setenta y cinco, o a la fuerza, no va a poder sola con la casa, con las cabras, se va a tener que venir y a la larga va a ser mejor. Quinientos doce. Y si no quiere, si se pone terca le cuento todo lo que pasó con Vidal y con el alemán también, lo que pasó, y la quiero ver ahí, va a entender que mejor irse, que en la ciudad esas cosas no se notan o no importan tanto.
Seis noventa y uno. Seiscientos noventa y un pasos que se prometió no volver a dar.
¿Por qué no llora tía? Porque no sé si está muerto o no. Después le dice que a los muertos no hay que llorarlos hasta que estén muertos de verdad, porque si se los llora antes, porque si no están muertos, los termina matando uno. Por eso. Y Tamita le dice que ella llora igual, de todas formas, y le agarra la cara dormida a Cachi, y que si Cachi despierta ella no llora más, lo promete, que no va a hacer nada para que se muera, lo va a cuidar, porque nos vamos a ir a la ciudad sabe tía, a trabajar, cuando esté fuerte, le dice que van a juntar el dinero como para que ella se venga también, y que por ahora la deje llorar, si no escucha nada, que ella también se está muriendo. Y la tía le dice que bueno, si no lo podés aguantar. Que un ratito nomás. Porque hay que entrarlo porque se viene la noche y porque con este viento es difícil de saber si respira o si está muerto. Porque ya no se ve nada.